sábado, 12 de marzo de 2011

MIS FRASES FAVORITAS


Siempre fui una rata de biblioteca. O de archivo.
Mi pasión por leer es bien conocida por la mayoría de ustedes. Por eso ni hace falta decirles que el terror, lo policial y la ciencia ficción figuran en el podio de mis preferencias.
De todos modos mi "locura" por la lectura me llevo a otras fuentes y alimentó también mucho de mi vida profesional. Hoy día cuento en casa con un variado archivo de recortes que abarcan no solo el deporte sino también la ciencia, la historia, la biología y muchísimos temas más. Esta colección, de la cual les comentaré en otro encuentro, sigue creciendo. Y debo decir con orgullo que mis hijos usaron varias veces material sacado de estos sobres de papel madera para sus tareas escolares. Pero volvamos a los libros...
¿Qué sacó de leer tanto? Entretenimiento. Riqueza (espiritual, obvio). Cultura. Frases. ¿Frases? Si, frases.
Mientras leo, si me encuentro con una frase que me gusta, la copió. La vuelco en un cuaderno y la guardo. Incluso si hay un párrafo que me llama la atención, que me "atrapa", lo apuntó allí. ¿Por qué? Porque soy un coleccionista, y los coleccionistas no pueden explicar el origen de su actividad. Lo hacen y punto.
En este "Mate con cremona" volcaré algunas frases y párrafos que me han gustado, para compartirlos con ustedes. Por supuesto van a descubrir un par de cosas particulares sobre este tema. Uno, algunos lo sospechan, varias están extraídas de libros escritos por Stephen King. Es mi escritor favorito. De alguna manera puede que esta pequeña muestra sirva para que vean que King no solo goza narrando como los intestinos se enganchan en el pie de alguien y lo hacen tropezar o como un tenedor revienta el globo ocular de otra persona. Verán que describe otras cosas. Y muy bien.
Lo segundo que van a descubrir es que alguna frase no tendrá sentido. Eso pasa. A mi alguna de éstas me conmocionó cuando la leí digamos, seis años atrás, y hoy día no representan nada especial. Eso pasa. Pero aún cuando hoy hayan perdido fuerza, las quiero compartir con ustedes. Quizá les sirva, los ayude, los oriente o les arranque una sonrisa o un movimiento afirmativo de cabeza. Si alguna lo hace, habrá cumplido su misión.
Espero que las disfruten:


"Todos saben como vencer al dolor salvo quien lo padece"
(Mucho ruido y pocas nueces - William Shakespeare)

"Es posible que tres personas guarden un secreto si dos de ellas están muertas"
(Benjamin Franklin)

"Todo es más difícil cuando es real. Es entonces cuando te ahogas. Cuando es real"
(It - Stephen King)

"No hay buenos amigos. No hay malos amigos. Solo hay personas con las que uno quiere estar, necesita estar. Gente que ha construido una casa en nuestro corazón"
(It - Stephen King)

"Con frecuencia acontece que rostros bellos ocultan almas viles"
(Ben Johnson)

"Esperar lo mejor pensando en lo peor"
(Anónimo)

"Este lugar inhumano hace monstruos humanos"
(El resplandor -Stephen King)

"A veces la vida es tan chistosa que te tienes que reír"
(Bolores Claiborne -Stephen King)

"No son las tragedias las que marcan nuestras vidas, sino las decisiones que tomamos después de ellas"
(Anónimo)


"Puede que aún falte mucho para el amanecer, pero no hay ninguna ley que nos prohiba hablar en la oscuridad"
(Kenneth Patchen)

"Si no aprendemos a vivir acompañados, entonces moriremos solos"
(Anónimo)

"Todas las flores de la primavera se citan para perfumar nuestro entierro"
(John Webster)

"Llegarás hasta aquí, no más allá"
(Job 38.11)

" -¿En qué pensabas? -preguntó Julia
-En los ciegos -dijo Juan -¿Cómo soñarán los ciegos?
.Mirá las cosas que se te ocurren. Como nosotros.
-No. Te hablo de los ciegos de nacimiento. Esos que nunca vieron nada, ¿qué se les aparecerá en los sueños?
-Pensás cada cosa. Que importa lo que se les aparezca, si ellos no lo ven"
(Frente de Tormenta - Vicente Batista)

"Así es como seguimos adelante: un día a la vez, una comida por vez, un dolor por vez, una respiración por vez. Los dentistas hacen un tratamiento de conducto por vez, los astilleros reparan un caso por vez. Si escribes libros, redactas una página por vez. Volvemos la espalda a lo que sabemos y a lo que tememos. Estudiamos catálogos, miramos partidos de fútbol, contamos los pájaros que hay en el cielo y nos apartamos de la ventana al oír unos pasos detrás. A veces las nubes parecen cosas diferentes -peces, unicornios y jinetes- pero de hecho son solo nubes, y concentramos nuestra atención en la comida siguiente, el dolor siguiente, la página siguiente. Así es como seguimos adelante"
(Un saco de huesos -Stephen King)

viernes, 18 de febrero de 2011

Triciclos y camioncitos



Han desaparecido.¿Se extinguieron?. ¿Dejaron de ser moda? ¿Fueron reemplazados?.En algún recodo del camino del tiempo quedaron estacionados. Juntando el moho del olvido.
Los autos, camiones o colectivos atados en el extremo de un hilito y que eran alegremente arrastrados por las veredas y plazas ya no están. Ya no acompañan a los chicos, ni torturan el paso de los adultos. Recuerdo haberme tropezado, por última vez con alguno hace unos treinta años atrás. Eran tiempos en los que cualquier distraído quedaba enganchado entre la mano del nene y el juguete, por una cuerda casi invisible.
Y claro, me veo a mi mismo seleccionando entre un camioncito volcador de chapa o una auto "Duravit" para acompañar a mi mamá al mercado. Aquella ceremonia de elegir tenía tanta importancia como la de escoger una remera o un pantalón cosas que, en aquellos años nunca correspondían a los chicos.
Después, en la calle, sobrevenían los problemas habituales de este particular estilo de tránsito. Mirar a cada rato para atrás a ver si el autito seguía sobre sus cuatro ruedas o avanzaba arrastrándose penosamente de costado. Vigilar que nadie lo patease o se enganchase con el cordel. Tratar de hacerlo pasar sobre charcos de agua y recortes de césped evitando las "caquitas" de perros y la trampa de las alcantarillas que pudieran acabar engullendo a nuestro seguidor compañero.
Cruzarse con otro "conductor" era todo un acontecimiento. Mirábamos recelosos el vehículo ajeno y después hinchábamos el pecho y le imprimíamos mayor velocidad a nuestro paso buscando impresionar al rival.
Para cruzar una calle había dos opciones. La más inaceptable era alzar el juguete y cruzarlo como si fuese un perro faldero. Esta maniobra violaba nuestra imaginación. No la tolerábamos. Para nosotros el camioncito era un camión. Y tenía que seguir andando sobre el piso. Si lográbamos nuestro propósito, debíamos agacharnos para bajarlo al asfalto y luego subirlo de nuevo a la vereda. Los que venían caminando detrás nuestros, chochos con aquellas obligadas frenadas en seco...
Sin embargo, lo peor que nos podía pasar era que no hubiese hilo en la casa. Ni el de la envoltura de unos ravioles, ni uno viejo de la Navidad pasada. Ni un mísero piolín. Ni un viejo cordón de zapatillas. Eso frustraba nuestros planes de raíz y sobrevenía el berrinche y una complicada negociación entre los adultos y nosotros. Todo terminaba cuando se acordaba la aplicación del Plan B: salir con el triciclo.
El triciclo... Otro dinosaurio extinguido de nuestra niñez. ¿Quién no aceleró alocadamente por las veredas desiguales generando melodías entre las ruedas y las baldosas? Manejábamos el triciclo sin mirar demasiado. Concentrados en la vereda que pasaba por debajo nuestro, desatentos a cualquier obstáculo (peatones incluidos) que se atravesaban en nuestro camino. ¿Habrá sido una escuela de conductores? Es probable. Muchos manejan autos hoy como si todavía montasen el triciclo y la mano de mamá bajase para ayudarlos a doblar o detenerse...
En la plaza eran inevitables las "picadas" entre dos o más triciclos. Para terror de palomas y jubilados, surcábamos las veredas a toda velocidad, siempre al borde de caernos de cara al piso, perdiendo zapatillas en el pedaleo o enganchando ruedas y generando accidentes de entre los que salíamos llorosos y con rodillas raspadas. Los "tricicleros" eramos rivales, pero también socios en la angustia y la envidia cuando frente a nosotros aparecía algún karting y su conductor, nos miraba con desdén mientras nos dejaba atrás solo preocupado en pedalear y no tanto en mantener el equilibrio.
Hace un par de semanas, caminando por Parque Centenario me encontré en un puestito de compra-venta con un camioncito volcador como el que yo tenía. Rojo, con el volquete amarillo, la chapa un tanto doblada y picada, con las ruedas negras, con un círculo interior pintado de blanco... Les explique a mis hijos y, claro, me miraron extrañados. Había en sus rostros una mezcla de incredulidad, pena. y aburrimiento. Ellos están convencidos que hubieran muerto de hastío si hubiesen nacido como yo en 1963 cuando la palabra internet no existía y el único que tenía computadora era el Batman de Adam West
Creo que no se extinguieron. Ni fueron reemplazados. No. Los camioncitos y los triciclos fueron olvidados. Eran una tradición que pasaba de generación en generación y la nuestra simplemente no la trasladó a sus hijos. Entonces, para ellos, escucharnos hablar de tales juguetes y costumbres resulta tan curioso como cuando les contamos que antes, para cambiar el canal del televisor, había que pararse y darle la vuelta a un sintonizador. Ciencia Ficción... pero al revés. "¿Cinco canales nada más?", preguntan asombrados. "Si, y a las doce y media de la noche se terminaba y no empezaba hasta las siete de la mañana siguiente?", rememoramos.
No lo pueden creer.
Bueno, ellos, de todos modos, también se van alejando del televisor. Poco a poco la web está desplazando a otro gran amigo de nuestra infancia. Seguramente sus hijos les preguntarán un día "¿Qué monitor tan raro?" Y ellos -nuestros hijos de hoy, los padres de mañana- deberán explicarles que ese "monitor" es un Sony de 29 pulgadas con el que se veían 79 canales. No creo que terminen de exponer toda la idea. Escucharan una carcajada o, simplemente, verán que ya no les están prestando atención.
Está bien.
Se lo merecen.

miércoles, 19 de enero de 2011

Un año



Ya pasó un año.
Parece mentira, ¿no?
Hace un año ya que no estamos juntos. Un año sin miradas que se cruzan. Un año sin que mis dedos recorran tu silueta reconocible. Un año entero sin que te haga reír, llorar, gritar...
Un año.
Son otros los dedos que ahora te tocan ávidos y voraces. Otras manos las que te moldean como yo lo hacía. Son voces diferentes las que te susurran al oído sacándote una carcajada o una reflexión.
¿Extrañas mis caricias? ¿Son mejores las de ahora? ¿Cómo te suenan las voces nuevas? ¿Dulces? ¿Seguras? ¿Implacables? ¿Estás mejor ahora que cuando estábamos juntos?
No. No, por favor. No me respondas. No soportaría saber que te sentís mejor. O que estás peor.
Nos quedan amigos en común que me cuentan cosas de vos. Si, ya sé... A veces no puedo evitar preguntarles. Y cuando no lo hago, ellos deben adivinar en mi mirada, en mis gestos, en el tono con que les hablo, que quiero saber algo sobre vos. Tener noticias tuyas, aunque no sean recientes.
Ellos, estos fieles camaradas que acompañaron mi martirio, que comparten conmigo este exilio, me cuentan. De a poco, como si tuviesen miedo de decir mucho. Van soltando palabras mientras tantean mi expresión. Son ellos quienes pintan en mi imaginación escenas nuevas y a la vez reconocibles. Yo intercaló algún comentario. Por ahí hasta me río. Pero por dentro me voy rompiendo. Como un jarrón golpeado al que le ha surgido una "arañita" escondida entre las filigranas y los dibujos. Cada día, imperceptiblemente, esa fisura se convierte en grieta y un día...
Pero no. No va a pasar.
Tengo fuerzas para seguir y vos tenes fuerzas para seguir. ¿O sufrís mi ausencia? ¿Si? ¿No? Es otra cosa que no quiero saber. No cambiaría nada. Ambos sabemos que ni yo voy a volver ni vos me vas a pedir que vuelva. ¿Podrías pedírmelo acaso? Imagino que no. Y si pudieras, si una lámpara maravillosa e improbable te diese la chance de pedir un deseo creo que pensarías desear mi regreso. Pero no lo pedirías. Para no agrandar la herida. Para no agrandar la "arañita"...
Tengo que confesarte algo. Todas las mañana te busco. Mis ojos recorren casi con desesperación esos lugares en donde antes nos veíamos, nos encontrábamos... Pero ahora, apenas te localizo, apenas me aseguro que estás, apartó la vista y me voy. No miró más. No necesito más. Ni me fijo si te seguís poniendo aquel rojo chillón tan llamativo o si mantenés el azul y amarillo con el que te engalanabas casi todos los lunes...
Paso un año para mi. Pasó un año para vos.
No te he olvidado, Crónica.
¿Y vos?

lunes, 3 de enero de 2011

Enero, el Peor de Todos


Acá estamos. Bajo la implacable democracia del sol que nos achicharra a todos por igual. Soportando la térmica -que subraya las pantallas de televisión en un furioso rojo que anuncia 38- y la otra térmica, la que dos por tres salta porque el ventilador del abuelo hizo pasar los modestos límites de consumo previstos para la casa.
Este es enero. Enero. El mes más largo del calendario anual.
Es mentira que tenga 31 días. Enero tiene, por lo menos 45... En parte porque compensa los 15 de menos que tiene diciembre. Ese diciembre que siempre aparece regado de bondad y sonrisas, ese diciembre que nos imaginamos envuelto en celofán brillante, con un moño encima. Un mes chico, que dura solo hasta el 20. Después entramos en una vorágine de saludos, encuentros, llamados, mensajitos, chateos, salidas apresuradas a comprar algo, abrazos con vecinos a quienes ni miramos el resto del año.
Diciembre saca lo mejor de nosotros. Sentimientos enmohecidos por culpa de piquetes, aumentos, problemas laborales y/o conyugales, frustraciones... Pero, de repente, diciembre se va con su alegría a otra parte y nos deja en manos de enero.
No es difícil imaginar a enero como un tipo grandote, con una musculosa que permite ver brazos enormes y cargados, tronándose los dedos mientras sonríe con una boca demasiado llena de dientes. Enero nos mira con ojos inyectados de falsa bondad, con ojos que anticipan el calvario a sufrir por quienes no pactaron sus oportunas vacaciones para huir de él.
En un par de horas enero nos devuelve el malhumor anual que el bondadoso diciembre licuó entre frizze y sidra. Hay menos gente en las calles, si. Pero el ritmo es lento, cansino. Agobiados por la temperatura y porque el cuerpo parece estar atado a un ancla clavado en el asfalto, nos deslizamos penosamente por entre restos de bengalas, bolsitas vacías de maní con chocolate, restos duros de pan dulce y otros descartes post fiestas. Hay gruñidos, miradas torvas, pocos levantan la cabeza, nadie saluda al vecino. ¿Sonrisas? No. ¿Palmadas en la espalda? Nada.
Enero castiga demoledor anunciando el año que ya empezó. "¿Buen fin y mejor principio?", se ríe con un vozarrón que quiebra nuestros nervios como cristal fino. "¿Qué se cumplan todos tus proyectos?", se burla agitando una copa invisible en el aire.
Las hojas diarias de nuestras agendas ya están llenas de compromisos. Hay tachaduras, enmiendas, flechas que suben y bajan, subrayados, recuadros, remarques en amarillo flúo. Enero ya está en marcha. Y nosotros caminamos delante de él, mirando cada tanto por sobre el hombro, inquietos y asustados. Enero. El peor de todos. Llegó para quedarse. Y como pasa con algún pariente, no se sabe bien cuándo se irá...

lunes, 18 de octubre de 2010

El rescate "a la Argentina"


No me digan que no. En la medianoche del martes 12 y el comienzo del miércoles 13, muchos nos pegamos al televisor para ver el rescate de los mineros chilenos. En vivo y en directo. Con audio trasandino matizada por comentarios de enviados especiales argentinos que estaban tan lejos del la base de operaciones como los mismos candidatos a ser rescatados.
Cuando la "Fénix 2" inició su primer descenso, llevando a uno de los rescatistas, ¿qué esperaban? ¿Qué se trabará? ¿Qué se cortase la soga? ¿Qué el pasajero empezará a gritar pidiendo que lo suban de nuevo? Bueno, no. No pasó nada. Llegó al fondo, lo vimos ser recibido por los trabajadores atrapados y luego intercambiar su lugar con el minero elegido para ser izado. Y cuando éste empezó su recorrido hacia la superficie... ¿no surgían de nuevo aquellas dudas? Pero no. El morbo involuntario que todos llevamos adherido al ADN se tuvo que ir a dormir. No hubo terremoto, la soga resistió, la cápsula nunca salió abollada, ningún minero saltó a tierra vomitando o con un ataque de pánico o intentado agredir a los que lo ayudaron a subir.
El rescate se prolongó sin novedades. Y lo natural fue que tras el tercer o cuarto minero izado, muchos televisores se apagaron. Claro, había que ir a dormir. Pero también lo que pasaba era que, justamente, "no pasaba nada". ¿La prueba? Al día siguiente los canales de noticias seguían mostrando el operativo en la mina San José, pero el rating ya no era tan alto como en las primeras dos horas.
No tengo dudas acerca que en Argentina este rescate hubiese tenido otros condimentos. Mas autóctonos. Mas interesantes y mediáticos. Por ejemplo...
* Apenas se produjo el derrumbe, hubiese habido cortes de accesos a Capital Federal como medida de protesta y solidaridad con los accidentados.
* De inmediato una marcha a la mina hubiese terminado con incidentes en los que las instalaciones habrían sido destruidas.
* Paralelamente las oficinas de la empresa minera serían tomadas por organizaciones sociales, estudiantes secundarios (con títulos oficiales de "tomadores") y otros grupos siempre deseosos de movilizarse.
* Portavoces del gobierno hubieran asegurado que "hay una sensación de que algunos mineros quedaron atrapados bajo tierra". Vía twitter, claro.
* El Indec aseguraría que no son 33 sino 16 los mineros atrapados.
Pese a todo, supongamos que encontraban que los mineros estaban vivos. Entonces hubiese sucedido esto:
* Cortes en los accesos a Capital para festejar el hallazgo.
* Una nueva marcha a la mina. Nuevos incidentes.
* La toma en la empresa minera se mantiene.
* Un exitoso programa de TV muda a sus bailarines mediáticos para que discutan y dancen junto a las perforadoras mientras se inician los operativos de rescate.
Y, por fin, cuando comienzan a ser sacados del interior de la tierra...
* Cortes de calles hasta que salga el último minero.
* La toma en la empresa no se levanta hasta que el último minero no cobre su sueldo.
* La televisión oficial lanza "Rescate para todos".
* La cápsula -pintada de celeste y blanco- luce anuncios de bingos, cadenas de farmacia, páginas de poker en internet y el logo de un diario oficialista.
* Afuera, un escenario alberga a sindicalistas y políticos alineados con el oficialismo. Llega Chávez invitado para hablar con cada minero. Algunos rescatados se desmayan agotados más por la verba del bolivariano que por la odisea vivida.
Y, claro, después vendría el desfile por canales de TV y programas varios. Esto, seguramente es lo mismo que está sucediendo allá en Chile. La diferencia es que acá los cruzaríamos al aire con alguna vedette en ciernes (o alguna veterana insaciable) para que contasen como fueron los 70 días de abstinencia (¿abstinencia?) subterránea.

Eso si: los cortes y la toma, seguirían.

Arranca una nueva ronda

Aquí estamos de nuevo "matecremonenses". Pasó un tiempo bastante prolongado entre nuestro contacto anterior y estas nuevas y (espero) frescas líneas. Bueno, es que no solo los mineros anduvieron lejos del mundo exterior. Hay veces que uno debe tomarse tiempo para cobrar nuevo impulso y seguir. Ustedes saben de qué se trata. Por eso, acérquense una vez más. La ronda va a empezar

jueves, 26 de agosto de 2010

Hombres de cierta edad: Igual a nosotros


¿Cuántas diferencias habrá ente un hombre que vive en Estados Unidos y otro que vive en Argentina? ¿Muchas? ¿Pocas? Pero las hay, sin dudas. De arranque nomas, un estadounidense desayuna huevos revueltos, jirones de tocino y jugo de naranjas, mientras que nosotros preferimos un mate amarguito con cremona... Pero, ¿y a la hora de encarar la vida?
Desde hace un par de semanas el Warner Channel emite una serie que se llama "Men of certain age" ("Hombres de cierta edad") que narra la historia de tres amigos que pasaron la línea de los 40 años y deben enfrentar el día a día desde esa óptica. Cada uno de ellos es diferente a los otros dos, pero tienen puntos de coincidencia entre si. Y también se parecen a cualquier trío de amigos argentinos en la misma situación. Veamos...
Joe Tranelli. es dueño de una especie de bazar, recientemente separado, con una hija adolescente y un hijo entrando en esa franja de la vida, amante de la música de los 80 8con la que aturde a empleados yclientes de su negocio), frustrado jugador de golf y adicto a las apuestas. Joe debe enfrentar la reciente separación de su mujer y admitir que "la vida sigue". El problema es que su inseguridad le hace ver señales que no sabe interpretar. Si una mujer le sonrie, ¿quiere tener una aventura con él? Si le presentan a una chica, ¿hasta dónde debe avanzar? ¿Debe seguir respetando a su esposa? ¿A quién recurre para resolver estas cuestiones? a sus amigos, claro...
Owen Thoreau Jr. tiene otras cosas con las que lidiar: Pese a ser un imponente hombre de piel oscura, es más simpático que temible y está lleno de dudas también. Tres hijos pequeños, una casa a medio construir, una esposa cariñosa (que muchas veces lo atosiga con su amor y lo mete en problemas) y un empleo que no es nada sencillo: trabaja en la concesionaria de su padre, un tipo que no perdona errores y lo trata como el peor de los empleados. Owen hace equilibrio como sostén económico de la familia para llegar a fin de mes, mientras trata de entender cómo sus dos amigos pueden vivir sin parejas estables.
El tercer integrante del trío es Terry Elliot, un ex actor que apenas si ha conseguido papeles menores y que trabaja -cuando quiere- en una oficina a la que llega tarde invariablemente. Elliot es un "Romeo" incurable. Siempre conquistando chicas -mucho menores que él- vive sin ataduras emocionales y suele despertar algo de envidia en Joe quien, en ocasiones, sigue sus consejos al pie de la letra buscando imitarlo.
En el programa (cuyos 12 capítulos de la primera temporada se emiten los martes a las 22 por el Warner) los tres amigos se juntan para almorzar en un bar de comidas rápidas y allí intercambian sus vivencias. Hablan de cremas para aliviar paspaduras, de chicas, de dilemas morales como prohibir o no que los hijos de Joe chateen o que el padre de Owen haga un comercial de la concesionaria mostrando como "hijo" a un empleado y no al propio Owen...
No es difícil sentirse indentificado con alguno de los tres. Y aún quienes no hayan llegado a pasar la raya de los cuarenta, probablemente entiendan lo que les pasa a estos tres "hombres de cierta edad"
Si tienen cable -mientras no sea expropiado- y tienen ganas, inviertan una hora del martes en ver la serie. Ray Romano, Andre Braugher y Scott Bakula son tres amigos a los que vale la pena invitar a casa.