viernes, 2 de julio de 2010

¿A usted nunca le pasó?:


LAS LINEAS ENEMIGAS



La casa era de madera y estaba a unos doscientos metros más o menos. Hugo podía ver su lateral cuando las explosiones la iluminaban tiñéndola de rojo y amarillo. Pero, ¿era una casa o una capilla? Un rato antes, en medio del fulgor de una detonación, le pareció ver alzarse por sobre el techo, una torre fina rematada en una cruz. “Casa o capilla, qué importa”, se dijo Hugo, con los ojos al ras del suelo, enterrado hasta las rodillas en el barro de la trinchera. Si, le daba lo mismo. Allí dentro encontraría refugio y calor. Quizás debiera esperar el final del bombardeo encerrado en el sótano –si es que tal sótano existía- pero cualquier cosa sería mejor que aguardar a cielo abierto que una bomba le cayera encima. Miró a la derecha. El cadáver de su compañero yacía boca abajo, con la mano tomando estérilmente el fusil. Hugo se lo quitó y se pasó la correa por el hombro. Se acomodó el casco, respiró hondo y se aprestó a saltar fuera y correr. Correr por su vida. Como venía haciendo desde hacía… ¿cuánto? No se acordaba. Ni tampoco le importaba.

“No te olvides de llamar al cable” –la voz de Viviana llegó flotando en la noche y estalló iluminándola. Poco a poco el barro bajo sus botas se deshizo. El cuerpo de su camarada muerto se volvió polvo. La casa (o capilla) se transparentó y desapareció. Hugo entreabrió los ojos. Su mujer lo miraba desde la puerta del dormitorio. “El cable. No te olvides”, amonestó con gesto de mamá enojada. Hugo gruñó una respuesta que lo mismo podía ser conformidad o insulto. Viviana se marchó dando el portazo de todos los días.

Se preparó un café y caminó hasta el living para buscar la revista de cable. La encontró al costado del sillón, adónde la había abandonado él mismo la noche anterior tras aburrirse haciendo zapping con el control remoto en busca de un programa que le interesase. Cuando por fin lo encontró (una película de guerra que empezaba 22.35) sólo pudo disfrutarla por veinte minutos. La señal se cortó y no volvió. De nada valió montar guardia por una larga hora frente a una pantalla gris. La acción en Vietnam se estaba desarrollando sin Hugo como testigo. Marchó a la cama rumiando su desazón. Ahora, mientras pasaba las hojas buscando el número de teléfono se le ocurrió que su subconsciente le había dado un premio consuelo al permitirle soñar con una historia bélica en donde él era el protagonista.

Con el número ya localizado, fue por el inalámbrico y marcó la larga combinación que lo pondría en contacto. Sin embargo antes de terminar, cortó. Recogió el control remoto y oprimió el “on”. La pantalla seguía gris. Sonrió dándole un sorbo al café. A la pasada su mente había considerado la posibilidad que su esposa, Viviana, le estuviese jugando algún tipo de broma cruel diciéndole que llamase a la empresa de cable cuando, ella ya había verificado que el servicio se encontraba normalizado Apretó “off” y recogió de nuevo el teléfono. Mientras se derrumbaba en el sillón terminó de marcar los once números. Tras dos llamadas una voz femenina comenzó a hablar:

“Multicablex le da los buenos días. Si usted quiere contratar nuestros servicios, marque el “1”; si ya es cliente, marqué el “2”

Hugo, obediente, pulsó el “2”

“Si desea adquirir el pack de “Cine especial” con tres canales exclusivos en los que podrá ver estrenos al mismo tiempo que en el cine, marque “1”; si le interesa asociarse a la promoción “Fútbol de Europa” con la que podrá disfrutar de los torneos de España, Italia, Alemania, Inglaterra y Finlandia, marque “2”; si su llamada responde a otro tipo de necesidad, marque “3”

El pulgar de Hugo oprimió el ·”3” mientras bebía la segunda mitad de su café.

“Si quiere conocer el monto y fecha de vencimiento de su factura, marqué “1”, si desea adherirse al débito automático para poder participar del sorteo de dos pasajes ida y vuelta a Cancún (no-incluye-estadía-ni-alojamientos-ni gasto-alguno-que-pueda-realizar-el-ganador-del-sorteo-y-su-acompañante), marque “2”; si su llamada es por otro motivo, marqué “3”

Hugo resopló mientras escogía el “3”

“Si quiere conocer nuestra programación al instante, marque “1”; si quiere recibir en su celular los horarios de sus programas favoritos, marque “2”; si quiere hacer alguna consulta con el área técnica, marque “3”

“Por fin”, pensó Hugo marcando el “3”

“Si recibe imagen sin audio, marque “1”; si recibe audio sin imagen, marqué “2”, si no recibe ni imagen ni audio, marqué “3”

Hugo pulsó ferozmente el “3”

“Aguarde y será atendido por uno de nuestros operadores”. A Hugo la voz le pareció ligeramente decepcionada, pero ¿era posible? El mensaje estaba grabado. ¿O no? Una melodía estridente comenzó a sonar obligándolo a alejar el teléfono de su oído. Tomó el último sorbo de café y aguardó pacientemente los siguientes dos minutos. Entonces la música se cortó… al igual que la comunicación. Hugo se quedo perplejo, mirando el teléfono mudo como si se hubiese transformado en un anco

Los siguientes siete minutos de la vida de Hugo fueron una repetición de los que ya había vivido momentos antes. Un nuevo paseo por los laberintos del contestador automático de su operador de cable, con su pulgar oprimiendo el “2” o el “3” hasta que, finalmente, desemboco en la salida a su consulta. Y una vez mas la voz de la chica le pareció resignadamente fastidiosa. “Aguarde y será atendido por nuestros operadores”. Alertado por su memoria, alejó el oído del teléfono apenas escuchó los primeros acordes de aquel repiqueteo que casi lo había dejado sordo la vez anterior. La tortura auditiva esta vez se estiró un par de minutos mas. Entones resurgió la voz de la chica (¿un poco mas animada ahora?) para anunciarle triunfalmente que “Multicablex le agradece que se haya comunicado con nosotros. Nuestros operadores están atendiendo a otros clientes: aguarde por favor” Y la horrible melodía volvió a atronar en la línea por otros tres minutos. .

La paciencia de Hugo se iba agotando. Su mente, poco a poco, comenzó a recrear el sueño que interrumpiera Viviana aquella mañana. Otra vez estaba hundido en el barro, con el casco calzado sobre las cejas, los ojos pegados al nivel del piso, contemplando la casa (¿o capilla?) doscientos metros adelante.

“Multicablex le agradece…”, volvió a decir la chica-robot. Hugo gritó un par de “hola, hola” antes de comprender que seguía sin hablar con un ser humano. Cortó y volvió a marcar.


Hacía ya media hora que intentaba reclamarle al servicio de cable. Era la tercera vez que desandaba el camino de opciones y números. Otra vez estaba en la “etapa musical” de aquella comunicación que no le comunicaba con nadie. Fue entonces cuando, inesperadamente, una voz masculina se hizo presente al otro lado de la línea.

“Buenos días, me llamó Sergio, ¿en que lo puedo ayudar?”, preguntó solícito. Hugo se repantigó en el sillón y empezó a explicar atropelladamente el motivo de su llamado. “Dígame el numero de cliente”, pidió Sergio. Hugo se quedo mudo.

“No lo sé”, atinó a balbucear.

“Si tiene la factura a mano podrá verlo en el margen superior derecho dentro de un rectángulo amarillo. Es un número de tres cifras seguido de un guión y con otros seis números a continuación”, algo en el tono de Sergio denotaba un aire a superioridad que pegó duro en la paciencia de Hugo.

“No tengo la factura a mano, te doy mi nombre y apellido y los buscas en tu computadora, ¿si?”, alegó.

“Dígame su número de teléfono, señor”, contraatacó Sergio.

Hugo se lo dijo.

”Ahora su DNI, por favor”, requirió Sergio. Hugo se lo dijo. ¿Es usted el titular?”, insistió Sergio.

“Si no fuera el titular ¿ qué sentido tendría que perdiese cuarenta y cinco minutos de mi vida tratando que me atiendan?”, rezongó Hugo. Deseaba tener un fusil en sus manos para ir hasta Multicablex y encargarse de Sergio, la chica-robot y del que había seleccionado la música de espera

“Un momento, por favor”, se disculpó Sergio, y antes que Hugo pudiese volver a protestar, los acordes infames de la melodía revienta-oídos ya lo estaban aturdiendo otra vez.

Pasaron dos minutos hasta que la voz de Sergio se dejo escuchar de nuevo.

“Gracias por esperar. Lo transfiero al departamento de Técnica””, anunció antes de volver a dejarlo oyendo aquellos acordes cacerolescos.

Pasó otro par de minutos. En ese lapso Hugo estuvo tentado de volver a cortar. Pero antes de hacerlo encendió el televisor y al ver la pantalla oscura su desaliento creció.

“Buenos días, soy Santiago, ¿en qué puedo ayudarlo?”

“¿Sos del departamento de Técnica?”, desconfió Hugo.

“Si señor, dígame qué necesita”, insistió Santiago.

“La señal se cortó anoche a eso de las once y todavía no volvió”, explicó Hugo aliviado

“¿Me podría dar su numero de cliente, por favor?”, reclamó Santiago con voz paciente.

“Pero… -Hugo no encontraba palabras- Ya se lo di al otro muchacho. –no era cierto, claro, pero ¿qué diferencia había? ¿No sabían ya quién era él?

“Si señor, lo entiendo, pero mi terminal no está conectado con el de los operadores… -la explicación de los problemas técnicos que aquejaban a Santiago se perdieron en el espacio. Hugo ya era incapaz de prestarles atención. Cuando oyó que el muchacho hacía silencio repitió que no tenía la factura a mano, que podía darle su número telefónico o el de su documento de identidad. Santiago aceptó ambos datos y luego –por supuesto- puso a Hugo en espera. Para su sorpresa, la música era diferente. Al menos los de “Técnica” tenían un gusto musical algo más refinado.

Tres minutos después volvió Santiago.

“Nuestra señal está llegando correctamente a la zona donde usted reside. ¿Verificó bien las conexiones interiores de su televisor con el cable alimentador?”, la pregunta era maliciosa. Hugo presintió la trampa.

Se levantó del sillón y fue hasta la TV. Lentamente se asomó por encima para ver si el cable estaba conectado o tirado en el suelo. Estaba conectado. Estiró el brazo y lo tocó. Estaba firmemente conectado.

“El cable está bien”, informó triunfal… sin saber por qué estaba tan contento.

“Entonces debe haber algún problema con el aparato”, aventuró Santiago.

La sangre de Hugo acabó por hervir. ¿Qué era todo aquello? ¿Cómo se atrevía aquel mocoso anónimo a desconfiar de las bondades de su televisor? ¡Y llamarlo “aparato”! Aparatos eran ellos que tenían una máquina que ablandaba la mente de los clientes y una música que los aturdía. Esos eran aparatos. Aparatos de tortura para quebrar las voluntades, para hacerlos caer de rodillas y obligarlos a rogar por algo por lo que pagaban puntualmente. Y a un precio bastante elevado, además. Iba a responder duramente cuando oyó que la comunicación volvía a cortarse. Y, al mismo tiempo, la mente de Hugo se tiñó de gris, como la pantalla sin señal de su televisor…

Hugo estaba otra vez en la trinchera, sordo por los bombardeos, enceguecido por los fogonazos, viendo a la distancia la pared lateral de la casa-capilla. ¿Había una inscripción sobre las tablas? Si, eso parecía. Podía vislumbrar una “M” y también una “u” y una “l”, pero el resto era imposible de leer. Dos siluetas tapaban las letras siguientes. No. No eran dos. Eran tres. Dos hombres y una mujer. Sergio y Santiago y la chica-robot, seguramente. Estaban esperándolo. Le hablaban, Hugo veía que lo miraban y movían los labios. Seguramente le estaban pidiendo el número de cliente. No lo tenía. No importaba. Tomó el fusil de su compañero muerto y saltó fuera de la trinchera.

Una música ensordecedora y enloquecedora tapó el retumbar de sus disparos.

Mate Plateado



Te conservo mate lindo
porque fuiste de mi Tata
con tu virola de plata
conquistaste hasta los gringos
cuantas veces los domingos
te brindaste al amigo
solo vos sos el testigo
de tantas conversaciones
y por tantas ilusiones
nunca te echaré al olvido.
Mientras Dios me dé vida
siempre estarás conmigo
en el rincón mas querido
con tu bombilla torcida
siempre listo en la partida
brindando tu buen sabor
aliviando así el dolor
de algún mal pasajero
siempre fuiste el primero
en la amistad y el amor.
En la mano de una dama
parecía mas sabroso
te hacian mas mimoso
si llegaba hasta la cama
hoy mis versos te reclaman
las memorias de un pasado
nunca serás olvidado
mientras exista un fogón
por eso va mi canción
mi lindo mate plateado.

Esto que acaban de leer es obra de un poeta aficionado. Un entrerriano de Gobernador Mansilla que se llamaba Luis Martini, padre de mi estimado amigo Omar. Fue él quien la acercó a este espacio para compartirla con todos nosotros. Gracias Omar.

sábado, 19 de junio de 2010

Felicidad y desencanto


El Mundial tiene muchas cosas. Tribunas coloridas, pobladas por personas que gastan dinero e ingenio en maquillarse y vestirse apostando a los cinco segundos de fama que les permitirá inmortalizarse en el tablero gigante del estadio y en las pantallas de TV del planeta entero. También tiene ceremonias que se repiten robóticamente, himnos cantados con marcial unción (o llorados, como el “9” de Corea del Norte). El Mundial permite las largas “previas” de los canales argentinos (¿alguien se levantó el martes a las 6 de la mañana exclusivamente para verla?) y tiene, por supuesto, partidos. Sesenta y cuatro partidos. Varios insoportables, tediosos y que nos hacen preguntar por qué será que uno espera cuatro años para ver el Mundial y (casi) siempre termina decepcionado con la calidad de los encuentros. El Mundial incluye felicidad y desencanto. Por eso genera felices y desencantados. Vaya un caso de cada uno, como para reconocerlos. O sentirnos representados.

Felicidad. Su nombre es impronunciable. Al oído suena como una latita repiqueteando contra el empedrado desparejo del Barracas donde vive. Inmutable. Una esfinge oriental que desde los ojos semicerrados controla los movimientos que se producen dentro del local. De su local. De su mini mercado. El mismo que abrió hace ya 17 años cuando llegó desde el otro lado del planeta acompañado por su esposa embarazada de tres meses. Ahora su hija adolescente ayuda a recargar las góndolas mientras su hermano de cinco años corretea por entre los pasillos angostos arrastrando de vez en cuando algún paquete de fideos o derribando alguna lata de salsa de tomates. Su esposa, desde la caja, intercambia con él pequeños gritos en un idioma incomprensible, mientras cobra y embolsa la mercadería de los clientes. Los clientes…

Ellos que nunca rompían el protocolo de limitarse a preguntar por un precio o por la ubicación de algún producto, ahora parecen haberlo descubierto. Ahora le dan volumen de persona y hasta lo identifican con su verdadera nacionalidad. Por el Mundial, ya no es “el japonés” o “el chino”. Gracias al Mundial ha vuelto a ser coreano. Entonces los clientes masculinos, con porteña crueldad, lo azuzan con un “ahora que te goleamos tenés que bajar los precios” o le piden que cambié su bandera blanca con el símbolo rojo y azul en el centro por la celeste y blanca del sol sonriente. Con las mujeres la cuestión es más extraña, casi surrealista. “Ah, ¿de Corea?”, se sorprendió una la semana pasada cuando identificó la bandera amurada sobre la caja del mini mercado con la que había visto (a la pasada) por la TV; Otra pretendió desentrañar sus dudas con una pregunta que parecía digna de Obama: “¿De qué Corea son? ¿De la buena o de la mala?” Y él, sonriente, económico en gestos y palabras, responde a media voz y en medio castellano. Está íntimamente feliz por haber recuperado su identidad y quiere disfrutar cada una de estas horas. Porque sabe que en cuanto terminé el Mundial volverá a ser “chino” o “japonés”, y que sus credenciales de coreano quedarán archivadas hasta dentro de cuatro años. Si su selección clasifica para Brasil 2014, claro.

Desencanto: No hay partido internacional que no vea. ¿Liga inglesa los sábados a la mañana? A poner el reloj a las ocho, preparar unos mates y listo. A disfrutar del Manchester, del Liverpool o del Blackburn. ¿Calcio? Si, también. Un mediodía con un bife con ensaladas mientras allá, en la “tele”, la Roma ataca al Verona o el inter busca un gol contra Lazio. ¿Fútbol de España? Imposible perderse un Barcelona-Valencia o un clásico madrileño Real-Atlético. Y la Champions League, la Bundesliga, la Copa Libertadores, un amistoso de Francia o Brasil o China. Si la TV por cable ha sido una bendición, internet es su paraíso porque le permite ver goles de la liga de Qatar y hasta los duelos de la Copa Africa en directo. Todo consume con avidez, acumulando información con sedienta desesperación.

En la oficina se destaca no tanto por su trabajo en “Contaduría” como por recitar de memoria la formación de Holanda del 74 o los goleadores de Argentina en el último Mundial. Justamente. El Mundial. Tanto lo espera. Tanto abarrota a sus compañeros con datos y detalles durante cuatro años cinco días a la semana, que cuando la cita máxima llega (y los partidos aburren y las grandes figuras parecen incapaces de dar bien un pase a dos metros) éstos toman venganza y lo hieren con estas cuestiones. Y él asume la defensa cuestionando al exigente calendario que tienen los clubes (y gracias al que él disfruta de media docena de partidos por semana) o apuntándole a la pelota que pica tomando velocidad y efectos que la física no parece conocer. Nada sirve, sin embargo. El “Loco del Fútbol” (como lo han bautizado clandestinamente sus compañeros de oficina) recibe el escarnio de todos, incluidas las chicas de “Personal”, incapaces de diferenciar a Nigeria de Japón futbolísticamente hablando. Cualquiera lo tortura. Cualquiera lo azota con una ironía sucia, rastrera. A él y a su amado fútbol internacional. Y él sufre porque, en el fondo, se siente desencantado. Pero no va a rendirse. Esperará cuatro años por la revancha. Esperará, por supuesto, viendo todo partido internacional que la televisión o la web le ofrezcan. Porque si uno de los axiomas que rigen su vida es aquel que dice que “el fútbol siempre da revancha” ¿por qué no esperar entonces que lo mismo aplique para el Mundial?

¿A usted nunca le paso?: El monstruo del baño

Nicolás termina de acomodarse la ropa, aprieta a la pasada el botón y camina los tres pasos que lo separan de la pileta. Entonces se detiene, la mano suspendida a centímetros de la canilla. Algo ha pasado a sus espaldas. O mejor dicho, algo no ha pasado. Gira despacio, como si temiese encontrarse cara a cara con el monstruo de Frankenstein parado detrás suyo. Desanda la distancia hasta el inodoro pero antes de acercarse del todo ya sabe lo que sucede. Ahí está el agua, casi al borde, girando perezosamente, como un ojo sucio que espía el espacio del baño. Nicolás, con acierto, piensa “Mierda” y de pronto evoca las palabras escritas por “la señora” en una nota pulcramente apretada por el imán de un elefante contra la puerta de la heladera y que él releyó a la pasada (y casi con nulo interés) anoche al volver de la oficina. “Señor Nicolás: El baño se tapó otra vez. Usé la sopapa y se fue, pero hay que llamar al plomero. Elba” Ahora Nicolás comprende que no luchará contra la temible criatura creada por el doctor Frankenstein. No. Su rival es otro. Peor. Un inodoro tapado.
Mientras su mente ha repasado la nota dejada por “la señora” que pasa martes y viernes para limpiar su dos ambientes, el agua y su oscura carga siguen observándolo desde abajo. Ambos se miden. Nicolás, desde arriba, mensurando la dimensión de su enemigo. Y éste, desde abajo, insondable, inescrutable. ¿Qué armas guarda escondidas? ¿Con qué artimaña buscará sorprenderlo?
Al lado, casi al alcance de su mano, está plantada la sopapa que Elba ha empleado en la tarde anterior. Nicolás la toma como la espada jedi que pueda salvar el Imperio de su baño. Pero no hay un láser mágico que zumbe y acabe con aquella carga nauseabunda que –ironía de la vida- él mismo ha creado. Nicolás se quita la camisa, planta las piernas bien separadas y hunde la goma negra en el líquido igualmente negro. Cuando siente que llega al fondo, empuja. Y luego afloja. Y vuelve a empujar y a aflojar. En el tercer movimiento, la sopapa traviesa resbala y un lagrimón marrón se descorre por el costado del inodoro a pocos centímetros de sus zapatos. “Mierda”, insiste Nicolás antes de reanudar su arremetida, ahora con las piernas más separadas y regulando mejor las fuerzas. Uno, dos tres… Algo en el fondo hace “glooob, gluck, gloooob”. El agua se mueve hacia abajo, hacia abajo. Y se detiene. No se ha ido toda. Pero si más de la mitad.
Nicolás resuelve que más agua puede servir para completar la tarea. Presiona el botón con euforia y, al momento, el líquido llena el recipiente enlozado y sube, sube, sube… Y escapa. Nicolás salta hacia atrás y con el mismo movimiento se descalza arrojando los zapatos hacia el pasillo y huye detrás de ellos mientras el agua sucia y parte de su extraño contenido se lanzan a la conquista de las baldosas antes blancas.
“Mierda”. Es la tercera vez que lo piensa. El monstruo del baño sonríe con el mástil de la sopapa asomando a un costado remedando el escarbadientes del inolvidable Minguito. Nicolás se saca los pantalones grises y entra al baño semi inundado para arremeter otra vez. Abajo, arriba, abajo, arriba… “Gloob, glooob, gluuuck”. Nada más. El agua sigue al borde. Insiste. Mínima respuesta. Nicolás empuja con más fuerza. El líquido rebalsa soltando otra “carga” y él vuelve a pensar en la palabra que ya define su día.
Cuando comprende que la sopapa será inútil resuelve desarmar el inodoro. Baja las tapas y se asoma. Un cilindro de goma une el asiento con la pared desde donde asoma el caño de agua para la descarga. Nicolás lo quita. Luego estudia los tornillos. Hay dos que sujetan el inodoro al piso. Y otros dos que sostienen las tapas. Resoplando sale del baño dejando huellas pringosas hasta la cocina. Allí, en un cajón, hay herramientas que puede usar aunque él nunca ha sido un hombre de pinzas, martillos o destornilladores.
Cuando regresa al baño se paraliza. ¡No hay agua! Apenas en el fondo unos diez centímetros oscuros se revelan como una pupila tímida. Nicolás, obnubilado de júbilo, se llena la palma para apretar con fuerza el botón y decretar su definitiva victoria. Y, entonces, demasiado tarde, comprende el error. La unión de goma desconectada se burla desde el bidet cercano. El chorro de agua sale con furia desde la pared y reinunda el piso.
Nicolás chapotea maldiciendo, conecta el asiento con el caño de descarga y vuelve a oprimir el botón. El agua circula creando un remolino que sube. Y se detiene. Una vez más. Con la paciencia rota, los pies y la mitad de las piernas empapados, comienza a hurgar en los tornillos y tuercas que sujetan las tapas de plástico negro al asiento. La pinza se zafa dos veces antes de tomar con acierto la cabeza hexagonal. Nicolás oprime, gira, insulta… y se golpea los nudillos contra la pared. La tuerca no se ha movido. El agua dentro del inodoro tampoco. Prueba con un destornillador. Palpando más que viendo, acierta la ranura del tornillo. Pero no consigue aplicar la fuerza correctamente. Está de pie, torciendo el cuerpo hacia abajo, apuntando la herramienta hacia arriba. Se necesita ser un contorsionista consumado para lograrlo. O recostarse en el piso. Y esta posibilidad no figura en los planes de Nicolás. El suelo esta lleno de agua que escurre lentamente hacia la rejilla. Allí donde se filtra dejando… bueno, dejando huellas que Nicolás reconoce como suyas sin necesidad de recurrir a banco genético alguno.
Media hora le lleva desmontar las tapas. Diez minutos más para aflojar el tornillo de la derecha que une al inodoro con el suelo. Y menos de dos minutos para sacar el izquierdo. Entonces, por fin, Nicolás se planta como un Hércules gigantesco, se agacha, y toma con fuerza al monstruo blanco que hace gárgaras con agua servida y lo alza. De inmediato un chorro frío ataca sus pies y por uno costado otra carga amenaza abandonar el recipiente.
Nicolás se da vuelta buscando donde arrojar aquellos contenidos nauseabundos. No lo ha pensado antes y siente, de repente, los intríngulis que deben afrontar los gobiernos cuando hablan de no saber dónde meter sus desechos tóxicos. Pero él tiene problemas más serios al parecer. El piso mojado le juega una mala pasada, pierde estabilidad y vuelca el inodoro hacia el rectángulo de la ducha. Y allí va todo. Todo. Sobre la alfombrita azul. Lo positivo es que ni él se ha caído (aunque se despelleja el codo derecho contra el mueble de las toallas) y tampoco se le ha caído el retrete. Si esto último hubiera pasado, Nicolás no tiene dudas, se habría reventado al medio como un huevo hueco. Recuperado el equilibrio, Nicolás deja el envase blanco casi vacío dentro del sector de ducha y se asoma al pozo negro que abre su boca redonda y misteriosa. Nada ve. Solo un oscuro agujero que se pierde insondable hacia vaya a saber qué dimensión. La conclusión es obvia. Lo que está tapado es el inodoro. Por suerte. ¿Por suerte?
Toma el asiento y lo gira volcándolo. Un horripilante “blug” y a continuación un sonoro “splack” se dejan oír. Nicolás cierra los ojos tratando de que el contenido de su estómago no lo abandone.
Seguirá otra larga hora de una lucha cuyos escabrosos detalles Nicolás se
llevará a la tumba. Al final, agotado, enchastrado, pero triunfador, celebrará íntimamente su victoria. Ha vencido a un monstruo. Ha vencido al monstruo del baño. Pero, una nueva ironía para su día, no puede compartir su triunfo con nadie. Mierda.

lunes, 7 de junio de 2010

MAGIA BRAVA










Los argentino
s no nos cansamos de exportar talentos. Tenemos una cantera inagotable que es la envidia del planeta entero. Hace cien años, cuando la Patria cumplia su primer siglo de vida nos conocían como El Granero del Mundo. Hoy, una centuria más tarde, deberíamos ser llamados El Cerebro de la Tierra o Los Genios de la Galaxia. Si, señor. Es así.

¿De qué otra manera podría definirse a un país en el que un grupo de humildes muchachos se costea un pasaje aéreo hasta el sur del continente africano (más gastos de estadía, por supuesto) mediante la tan sencilla tarea de vender tortas caseras, armar rifas u organizar bailes? ¿Qué economista pensó jamás que en este lado del hemisferio hubiera gente con semejante capacidad de lucidez y con tanto poder de ahorro? Francamente, señores del FMI, les recomiendo quemar sus viejas recetas opresivas y darse una vuelta por acá un domingo cualquiera. Vénganse por la Boca, Rosario o Tigre… o por cualquier otro punto de nuestro generoso mapa que tenga una cancha de fútbol cerca. Ahí podrá consultar con estos verdaderos magos de las finanzas.

Lo mismo le aconsejo a quienes trabajan en marketing de empresas. Olvidénse de toda la sanata de la estrategia de ventas, de los apuntes releidos de la facultad y de los consejos metidos a fuerza de hipnosis por los asesores. ¡Basta de seminarios agotadores! ¡Pongan fin a las largas charlas de management! Hay que consultar con "El Gordo Capucha", con "Tres Tiros", con "Dedo de Fierro". Ellos poseen la sabiduría y la muestran semana a semana en nuestro humilde ámbito doméstico. Se costean viajecitos a Córdoba o Mar del Plata. De vez en cuando pegan el salto a Brasil o Colombia… Y cada cuatro años, extienden sus horizontes hasta Italia, Corea, Japón, Alemania o Sudáfrica. Todo gracias a la venta de humildes bizcochuelos de vainilla.

Por supuesto que la representación que asumen en el exterior siempre es prolija. Ropa oficial de la delegación que acompañan, bolsos oficiales, pasajes y pasaportes impecables. ¿Antecedentes? ¿Prontuarios? ¿Pedidos de captura? ¿Causas por lesiones? ¡Por favor!

¿Cómo dice? Ah, que un amigo suyo no pudo salir del país porque en el pasaporte su apellido estaba escrito con acento y en el DNI no. Bueno, mala suerte. Estas cosas no le pasan a los elegidos. Elegidos, por el destino, se entiende. Ellos siempre tienen el respaldo justo.

Por eso, mientras muchos despotrican contra el viaje de nuestros bravos embajadores hacia Sudáfrica para alentar a Argentina en el Mundial, lo que hay que rescatar es el esfuerzo realizado por cada uno de ellos para ahorrar las moneditas necesarias hasta juntar los dos mil dólares del pasaje aéreo en un vuelo de línea y la habilidad demostrada para recaudar otros quince mil billetes verdes que sirvan para movilizarse en aquellas tierras lejanas.

Solo cuando hayamos valorado esto, podremos inflar nuestros pechos de orgullo al ver las imágenes que nos muestren a estos economistas consumados, a estos genios del ahorro, a estos dioses de la sobriedad y el gasto justo, parados sobre los para-avalanchas sudafricanos, con el torso desnudo, aferrados a la bandera celeste y blanca con la derecha mientras la izquierda se esgrime desafiante entonando las estrofas de un "Oooooh, Nigeria sos botón, sos botón, sos botón…"

¿A usted nunca le pasó?: La boleta


Julián se despertó aquel día como todos los días. Se duchó, desayunó, consultó la agenda donde prolijamente anotaba sus compromisos diarios… y descubrió que vencía la cuenta del celular. ¿Y dónde estaba la boleta? La buscó debajo del elefantito de cerámica que presidía la angosta vitrina donde el helecho se despeñaba como un flequillo verde mal peinado y no la encontró. Claro, no había llegado.

Su siguiente acción fue consultar con atención al cliente para averiguar por qué no le habían enviado la cuenta. Tras varios minutos de marcar números dictados por una voz electrónica se rindió. Apuró el ya frío café que se había servido y salió a la calle. Mientras iba hacia la parada del colectivo llamó a la oficina avisando que llegaría un poco más tarde.

Se bajó en Corrientes y caminó dos cuadras. Topó con el edificio dónde había comprado su aparato y lo encontró cerrado. Ni siquiera el gigantesco logo de la empresa estaba esperándolo. "¿Y ahora, para dónde?". Se sintió tentado a volver a llamar a la línea de consulta, pero desistió. A una cuadra de allí estaba la sede de la empresa telefónica central, una de cuyas ramas era la de telefonía móvil que Julián tenía contratada. Bajó el frió cartel de "Informes" una desganada muchacha le informó que la oficina que buscaba se había mudado a Santa Fe y Callao.

Julián salió a Corrientes sin una decisión tomada. Tras reflexionar un par de minutos optó por dirigirse a la dirección señalada. Era el día de vencimiento y estaba seguro que le cortarían el servicio si no pagaba puntualmente. Y si no lo hacían, lo más probable era que le cobrarían por la mora en el pago. ¡Nada más injusto! ¡Si él siempre pagaba puntualmente! ¿Por qué iba a tener que hacerse cargo de una multa cuando, en realidad, era la empresa quién estaba en falta al no enviarle la factura en término? El enojo le sirvió de combustible para caminar la veintena de cuadras que lo separaban de su nuevo destino.

Cuando llegó se encontró con un enorme local profusamente iluminado. Seis chicas estaban paradas en medio del hall de recepción interceptando a quienes entraban. Llevaban unas modernas palm sobre las que picoteaban con un delgado punzón vaya a saber qué datos. La que habló con Julián tenía el pelo corto (como las demás) y llevaba una sacó celeste sobre la camisa azul oscuro (como las demás). Le preguntó por el motivo de la visita y por el numero de línea. Si, ahí se podía pagar la factura sin problemas, informó. "Pero solo pago exacto", agregó levantando la vista de la pequeña pantalla que sostenía en sus manos. Julián, a quien la caminata había apaciguado un poco, sintió de nuevo que el objetivo que perseguía se le escapaba otra vez. La chica señaló una hilera de cajeros automáticos dispuestos contra una pared. "¿Tiene telecódigo? Si no lo tiene vaya hasta uno de los teléfonos de allá –señaló la pared de enfrente- y sin marcar ningún número dígale al operador el número de su celular para que…" Julián decidió cortar el chorro de instrucciones. "¿No hay un cajero-persona?", preguntó con una mezcla de enfado y desaliento. La chica pareció sorprenderse. ¿De dónde salía este dinosaurio que se negaba a utilizar máquinas para hablar y pagar? "Le pueden cobrar con tarjeta de débito o de crédito en el primer piso" y señaló una escalera mecánica que subía al fondo de la enorme recepción.

Mientras se encaminaba a ella su celular sonó. Tenía un mensaje. Era de la empresa de telefonía. "Para pagar su factura con tarjeta de crédito o de débito espere en la recepción del primer piso y lo llamaremos", informaba. Julián miró hacia todos lados cruzado por una brisa de paranoia.

En la planta superior había dos enormes pantallas de plasma. Una tenía sintonizado un canal de noticias apuntando hacia una veintena de sillas vacías. La otra mostraba nombres y apellidos y números. Julián observó que eran los clientes y el destino que cada uno tenía. Una pequeño ejército de empleados atendían en unas mesas de cristal pequeñas distribuidas en derredor del hueco de escalera.

Su nombre apareció de improviso en la pantalla junto al número 38. Ni se había movido cuando de nuevo su teléfono le informó que tenía un mensaje. Julián no se sorprendió al comprobar que el nuevo texto le indicaba que debía acercarse hasta el escritorio numero 38. Para entonces su paranoia había mutado al fastidio. "No me mandan la factura y, encima, me tratan como un opa", rugió interiormente.

Del otro lado de la mesa 38 había una joven que lo recibió con una módica sonrisa y una bienvenida igual de sucinta. "Buenos días, soy Vanessa, ¿en qué puedo ayudarlo?" Julián explicó el motivo de su presencia sin obviar el reclamo por la boleta que no llegó a tiempo, la travesía de dos kilómetros que le había insumido cuarenta minutos y los problemas en el trabajo que todo aquello le acarrearía. Vanessa movió el mouse inalámbrico, tecleó sobre el teclado inalámbrico y sin apartar la vista de su pantalla comentó que la factura se podía pagar "on line". Julián, mientras trataba de acomodarse en el alto y mínimo taburete replicó que él era un hombre "de papel", que le gustaba tener los comprobantes de pago. Vanessa asintió sin mucho interés. Pidió la tarjeta y un documento, cargó datos en la computadora, pulsó varios "enter" y devolvió ambas cosas a Julián. "¿Algo más?", preguntó mostrando, por segunda vez, la sonrisa modesta. "¿No me vas a dar un recibo?" ,aventuró Julián sabiendo de antemano la respuesta. "No, pero si quiere puede imprimir la factura ubicándola en nuestra página, doble ve doble ve doble ve…" Julián abandonó el taburete donde apenas si había podido posar medio cachete y se despidió de Vanessa. Mientras iba hacia la escalera mecánica aguardó a que su celular sonase otra vez mostrando un nuevo mensaje de texto que anunciara, quizás "Su pago ya está registrado" o "Vanessa le desea buenos días". Pero no.

En la planta baja atravesó al grupo de chicas-palm que seguían hablando con los clientes sin alzar la cabeza de sus pantallas y salió a la calle. Miró a ambos lados y eligió la izquierda. Camino tres cuadras, dobló, avanzó dos cuadras más, volvió a doblar… Por fin encontró lo que buscaba en una esquina: un bar cargado de madera, con los ventanales cubiertos de letras fileteadas rellenas de colores, con un mostrador enorme en el que un mozo desganado se recostaba mientras hablaba con el hombre grueso que se encontraba detrás de la registradora igualmente gruesa. Pidió un café con dos medialunas. Le trajeron un pocillo minúsculo, dos facturas escuálidas y un vaso de soda de poca transparencia. Julián sonrió satisfecho. Aquel era un lugar terrenal. Un lugar para él. Lejos de teclas, voces electrónicas y mensajes de texto.

Cuando salía del bar, el celular volvió a repiquetear en su bolsillo. Era su jefe. "¿Vas a venir?", preguntaba escuetamente el mensaje. Julián no sabía si aquellas tres palabras significaban que lo necesitaban para algo importante o si estaban preocupados por él o si (simplemente) eran una amenaza encubierta.

A la noche, cuando volvió a su casa, encontró que la habían pasado la boleta del celular por debajo de la puerta.