miércoles, 4 de agosto de 2010
¿A Usted nunca le pasó?: El Día del ¿Niño?
sábado, 31 de julio de 2010
Mentiras, traición y fábulas

Después, ya con Maradona en el timón, la novela vivió más y más capítulos en donde se discutían cuestiones que resultaban ridículas. Por ejemplo: Diego quería a Oscar Ruggeri dentro del cuerpo técnico. La AFA, Grondona, dijo "no". Pero hubo tironeos desde ambos lados para afianzar la posición que, finalmente, se inclinó hacia el lado de don Julio. ¿No había que resolver esto antes? Cuando sentaron a Maradona para ofrecerle el cargo, ¿él no pidió a Ruggeri? Si no lo hizo de entrada, está claro que quiso presionar una vez con el buzo de DT puesto. Y si él se dice tan leal y de "mirar de frente a los ojos" , ¿por qué no se fue cuando le vetaron la incorporación del "Cabezón" a su grupo de trabajo?
Lo mismo vale preguntarse luego de escuchar su discurso (eso no fue una conferencia de prensa) de la semana pasada. Si había "intereses económicos" metidos en la Selección, ¿por qué no renunció? Una respuesta digna podría ser que quisiera pelear desde adentro. Bueno, perfecto. Muy loable. Pero vale plantear otro interrogante; si Argentina se traía la Copa del Mundo, ¿él habría denunciado esto?
El viejo síndrome de "El otro tiene la culpa" fue la excusa en la que se recostó Maradona para despedirse de la gente luego que la AFA decidiera no renovarle el contrato como entrenador de la Selección. Acusó a Grondona de mentirle. Apuntó como traidor a Bilardo. Y volvió a dejar la sensación de sentirse perseguido y acosado por todos. Vale recordar que tras el 0-4 con Alemania había exhibido ya los síntomas de esta "cruel enfermedad" cuando se mostró agresivo ante las preguntas de los periodistas y hasta desafió a uno a presentar un proyecto en la AFA para dirigir al equipo nacional.
La triste conclusión de todo esto es que Maradona volvió a fabular. Esta vez no fue Havelange, ni Blatter, ni Platini, ni Pele, ni el Papa... Esta vez eligió conpiradores más caseros. Dos con los que trató desde que asumió como técnico de Argentina. Con uno de ellos se abrazó en el estadio Centenario luego de la victoria 1-0 ante Uruguay insultando a los periodistas que sostenían que existía un división entre ellos. ¿La seguimos teniendo adentro, Diego? ¿La seguimos chupando?
Maradona jugador era capaz de gambetear medio equipo rival para meter un gol. Maradona persona nunca ha podido eludir los "trancazos" de la vida. Maradona jugador acariciaba la pelota y ésta le obedecía. Maradona persona reparte golpes y abrazos a distra y siniestra.Maradona jugador se cargaba el equipo al hombro e iba al frente. Maradona persona acepta desafíos, pero no admite sus errores y fallos y hace cargo a de ellos a sus críticos.
Y en medio de todo esto nunca (¡nunca!) se pudo hablar de fútbol con Maradona. Cuando era entrenador su discursoi se reduicía a "Le dije a los muchachos que tienen que dejar todo por la camiseta argentina". Jamás se consiguió debatir ideas y decisiones. Y tras el adió al Mundial, menos.
Pero, claro, todo es culpa nuestra. ¿Verdad Diego?
martes, 13 de julio de 2010
La eliminación del triunfalismo periodístico deportivo
No es mi intención caerle duro a los jugadores de la Selección Nacional, ni a Diego Maradona. Ni siquiera se me ocurre hacer alguna crítica a la conducción de la AFA… No en este momento. En todo caso en este tiempo post-Mundial, apto para la reflexión y al análisis son otros (mejor capacitados y autorizados que yo) quienes deben indagar acerca de las razones por las que un equipo tan bien valorado desde el plano económico, dio tan pocos dividendos en Sudáfrica. Lo que pretendo poner en debate es otra cosa.
Me gustaría focalizarme en la manera en que se cubrió la actuación de Argentina en el Mundial. De cómo se “vendió” cada una de las presentaciones del equipo de Maradona y, junto a ella, se comentó el desempeño de sus jugadores.
Para empezar sorprendió la amnesia colectiva que atacó a la comunidad periodística deportiva en general, tanto a quienes estaban en Sudáfrica como a los que apoyaban las transmisiones desde aquí. De golpe y porrazo nadie recordaba el lamentable rendimiento de Argentina en la eliminatoria mundialista. Las actuaciones individuales flojas, el nulo visitando a Bolivia… todo eso quedo borrado. Desaparecido mágicamente apenas el Mundial se puso en marcha. ¡Y ni hablar tras la victoria inaugural frente a Nigeria! A partir de ese momento la cuestión principal parecía ser si nos cruzaríamos funcionamiento colectivo, la enorme cachetada en contra del 1-6 con Brasil en la final o no. Mientras tanto las loas desbocadas hacia Lionel Messí ocuparon páginas y pantallas de manera permanente. Casi asfixiante. ¿Juego de equipo? ¿Funcionamiento? No, nada. O muy poco. Apenas algún sobrevuelo a ambas cuestiones.
Desde mi escepticismo me pregunté:¿jugo tan bien Messi? Encontré tantas respuestas positivas que, de la boca para afuera, opté por un prudente silencio. Y mientras veía pasar partidos (el buen arranque de Alemania y Holanda, la pobreza de costumbre de Italia, el flojo debut de España) pensé que Argentina podía llegar a tener buenas chances de pelear por el título. Necesitaba crecer como equipo, asentarse, tomar confianza de la mano de buenos resultados. No me dí cuenta del contagio hasta mucho después.
La goleada ante Corea del Sur, el triunfo “caminando” frente a Grecia, pusieron al equipo de Maradona en los octavos de final donde debía cruzarse con México. Para entonces algunas grietas en el discurso súper-ultra-hiper optimista empezaban a notarse. Por caso se reconoció que el cuadro mexicano sería el primer rival “importante” que tendría la Selección Nacional. Y vaya si lo fue… Una atajada providencial de Romero y el travesaño ayudaron a conservar el “cero” en una defensa que temblaba más que La Momia de Titanes en el Ring. Después, por supuesto, se ganó 3 a 1 (alevoso gol en off side incluido) y con una muy buena tarea de Messi. No, perdón. No de Messi. De Carlos Tevez. A quien pese a los dos goles –el segundo un golazo- se lo calificó con un “8” ¿Y Messi? Otra grieta en el discurso esperanzador de nuestros predicadores deportivos: se reconoció que no había jugado bien. Alguno fue más allá y no solo remarcó que llevaba cuatro partidos sin meter goles, también apuntó a que su rendimiento iba decayendo conforme la competencia avanzaba.
Entonces. en el horizonte argentino se levantó Alemania.
Y el Mundial terminó.
0-4. Una de las peores derrotas “albicelestes” en los Mundiales.
Pero algo positivo salió de este traspié. La mayoría de los periodistas recuperaron la memoria y fueron capaces de recordar que el equipo argentino jugaba mal. Que sus futbolistas no rendían como lo hacen (o dicen que hacen) en sus clubes. Hasta se levantaron cuestionamientos hacia el técnico por haber “borrado” a la “Brujita” Verón (hay “aroma” a qué pasó algo raro ahí, ¿no?) Obviamente se le cayó con fuerza a los “obreros” de siempre: esta vez Otamendi, además de Heinze y Demicheli, fueron los más castigados. Aunque debo reconocer que Di María recibió lo suyo (¿tendrá él la culpa de que alguien pague 40 millones de euros por su pase?) y hasta se aseguró que Messi no había tenido un buen Mundial.
¿¿¿¿Cómo???????? Un momento. Una semana antes había escuchado decir que solo le faltaba el gol, que era la gran figura del torneo, que bla bla bla bla. ¿Qué había sucedido? ¿Error o panquequismo puro? No. Desde acá defiendo a mis colegas. Fue un error. “Vieron” lo que no existía mientras el equipo ganaba. “Vieron” la realidad a la hora de hacer un balance tras una derrota.
Entonces recordé un error similar cometido por el periodismo en 2006, en Alemania. Aquella vez, tras clasificar a cuartos de final, se insistía con que era “el Mundial de Riquelme”. Cuando vino la eliminación a manos de los alemanes, el análisis que se hizo fue que “Riquelme tuvo un Mundial discreto” ¡Epa! Lo mismo que sucedió ahora. Con otros jugadores, pero casi con los mismos periodistas.
No existe la objetividad. Todos lo sabemos. Y ni estas líneas son objetivas. Pero, ¿tanto cuesta moderar un poco los elogios? ¿Qué necesidad tenemos de que Messi sea el mejor del mundo? ¿Para qué? Si antes de Maradona nunca lo tuvimos e igual dábamos batalla, jugábamos bien y ganábamos. ¿Cuál era el problema de reconocer que la Argentina de Maradona era un simple conglomerado de jugadores caros sin mucho plan táctico que los sostenga? En todo caso apostábamos a eso y punto. Listo, ¿qué problema?
Pero no. Había que cargar tintas sobre Messi para que una vez más nos estrellemos con la realidad: hay uno que juega en Barcelona y parece que no es este que se pone la celeste y blanca. Faltan socios, adujeron algunos. ¿Socios? Agüero, Verón, Higuaín, Milito, Di María, Pastore, ¿son “pica piedras”? ¿No juegan bien? ¿Qué hay que hacer? ¿Nacionalizar a Pedro?
Vamos, por favor. Pero lo del juego de Messi vale desarrollarlo otro día…
Quizás la respuesta sea muy simple: compramos elogios. Los compramos barato porque hoy en día cualquier jugador del planeta puede destacarse con un par de meses de regularidad. Entonces entra al mercado futbolero, su carita aparece en la playstation, en el FIFA 2010, en perfumes, zapatos, lanchas, condones, cervezas… El negocio, el marketing se los come y son “buenos” aunque jueguen mal o, en el mejor de los casos, son “buenos” con un par de pinceladas por partido. Claro, después pasan por el Mundial como Cristiano Ronaldo o Lampard y uno piensa (con razón) que cualquiera de los dos se hubiese ido puteado un sábado a la tarde de Mataderos o Rafaela
Pero no. En Europa no. Al menos eso nos “venden” quienes relatan la Liga Inglesa como si los jugadores fuesen dioses olímpicos o que hablan maravillas de las actuaciones de los futbolistas argentinos en España, Italia, Hungría o Moldavia. Ahí nos “venden” que son infalibles. Y todos merecen elogios. Son enormes, fantásticos, insuperables, inimitables, talentosos, excelentes, etc, etc, etc.
Después, cuando los vemos en el examen que hay que rendir cada cuatro años, el triunfalismo periodístico deportivo no alcanza para sostenerlos por mucho entusiasmo que pongan en la apertura de la transmisión o en las notas y comentarios entre partidos. Porque cómo decía Angel Labruna “En la cancha se ven los pingos” Y eso, lo que pasa en la cancha, sigue siendo lo único que vale en el fútbol. Digan lo que digan.
viernes, 2 de julio de 2010
¿A usted nunca le pasó?:
LAS LINEAS ENEMIGAS
La casa era de madera y estaba a unos doscientos metros más o menos. Hugo podía ver su lateral cuando las explosiones la iluminaban tiñéndola de rojo y amarillo. Pero, ¿era una casa o una capilla? Un rato antes, en medio del fulgor de una detonación, le pareció ver alzarse por sobre el techo, una torre fina rematada en una cruz. “Casa o capilla, qué importa”, se dijo Hugo, con los ojos al ras del suelo, enterrado hasta las rodillas en el barro de la trinchera. Si, le daba lo mismo. Allí dentro encontraría refugio y calor. Quizás debiera esperar el final del bombardeo encerrado en el sótano –si es que tal sótano existía- pero cualquier cosa sería mejor que aguardar a cielo abierto que una bomba le cayera encima. Miró a la derecha. El cadáver de su compañero yacía boca abajo, con la mano tomando estérilmente el fusil. Hugo se lo quitó y se pasó la correa por el hombro. Se acomodó el casco, respiró hondo y se aprestó a saltar fuera y correr. Correr por su vida. Como venía haciendo desde hacía… ¿cuánto? No se acordaba. Ni tampoco le importaba.
“No te olvides de llamar al cable” –la voz de Viviana llegó flotando en la noche y estalló iluminándola. Poco a poco el barro bajo sus botas se deshizo. El cuerpo de su camarada muerto se volvió polvo. La casa (o capilla) se transparentó y desapareció. Hugo entreabrió los ojos. Su mujer lo miraba desde la puerta del dormitorio. “El cable. No te olvides”, amonestó con gesto de mamá enojada. Hugo gruñó una respuesta que lo mismo podía ser conformidad o insulto. Viviana se marchó dando el portazo de todos los días.
Se preparó un café y caminó hasta el living para buscar la revista de cable. La encontró al costado del sillón, adónde la había abandonado él mismo la noche anterior tras aburrirse haciendo zapping con el control remoto en busca de un programa que le interesase. Cuando por fin lo encontró (una película de guerra que empezaba 22.35) sólo pudo disfrutarla por veinte minutos. La señal se cortó y no volvió. De nada valió montar guardia por una larga hora frente a una pantalla gris. La acción en Vietnam se estaba desarrollando sin Hugo como testigo. Marchó a la cama rumiando su desazón. Ahora, mientras pasaba las hojas buscando el número de teléfono se le ocurrió que su subconsciente le había dado un premio consuelo al permitirle soñar con una historia bélica en donde él era el protagonista.
Con el número ya localizado, fue por el inalámbrico y marcó la larga combinación que lo pondría en contacto. Sin embargo antes de terminar, cortó. Recogió el control remoto y oprimió el “on”. La pantalla seguía gris. Sonrió dándole un sorbo al café. A la pasada su mente había considerado la posibilidad que su esposa, Viviana, le estuviese jugando algún tipo de broma cruel diciéndole que llamase a la empresa de cable cuando, ella ya había verificado que el servicio se encontraba normalizado Apretó “off” y recogió de nuevo el teléfono. Mientras se derrumbaba en el sillón terminó de marcar los once números. Tras dos llamadas una voz femenina comenzó a hablar:
“Multicablex le da los buenos días. Si usted quiere contratar nuestros servicios, marque el “
Hugo, obediente, pulsó el “
“Si desea adquirir el pack de “Cine especial” con tres canales exclusivos en los que podrá ver estrenos al mismo tiempo que en el cine, marque “
El pulgar de Hugo oprimió el ·”
“Si quiere conocer el monto y fecha de vencimiento de su factura, marqué “
Hugo resopló mientras escogía el “
“Si quiere conocer nuestra programación al instante, marque “
“Por fin”, pensó Hugo marcando el “
“Si recibe imagen sin audio, marque “
Hugo pulsó ferozmente el “
“Aguarde y será atendido por uno de nuestros operadores”. A Hugo la voz le pareció ligeramente decepcionada, pero ¿era posible? El mensaje estaba grabado. ¿O no? Una melodía estridente comenzó a sonar obligándolo a alejar el teléfono de su oído. Tomó el último sorbo de café y aguardó pacientemente los siguientes dos minutos. Entonces la música se cortó… al igual que la comunicación. Hugo se quedo perplejo, mirando el teléfono mudo como si se hubiese transformado en un anco
Los siguientes siete minutos de la vida de Hugo fueron una repetición de los que ya había vivido momentos antes. Un nuevo paseo por los laberintos del contestador automático de su operador de cable, con su pulgar oprimiendo el “
La paciencia de Hugo se iba agotando. Su mente, poco a poco, comenzó a recrear el sueño que interrumpiera Viviana aquella mañana. Otra vez estaba hundido en el barro, con el casco calzado sobre las cejas, los ojos pegados al nivel del piso, contemplando la casa (¿o capilla?) doscientos metros adelante.
“Multicablex le agradece…”, volvió a decir la chica-robot. Hugo gritó un par de “hola, hola” antes de comprender que seguía sin hablar con un ser humano. Cortó y volvió a marcar.
Hacía ya media hora que intentaba reclamarle al servicio de cable. Era la tercera vez que desandaba el camino de opciones y números. Otra vez estaba en la “etapa musical” de aquella comunicación que no le comunicaba con nadie. Fue entonces cuando, inesperadamente, una voz masculina se hizo presente al otro lado de la línea.
“Buenos días, me llamó Sergio, ¿en que lo puedo ayudar?”, preguntó solícito. Hugo se repantigó en el sillón y empezó a explicar atropelladamente el motivo de su llamado. “Dígame el numero de cliente”, pidió Sergio. Hugo se quedo mudo.
“No lo sé”, atinó a balbucear.
“Si tiene la factura a mano podrá verlo en el margen superior derecho dentro de un rectángulo amarillo. Es un número de tres cifras seguido de un guión y con otros seis números a continuación”, algo en el tono de Sergio denotaba un aire a superioridad que pegó duro en la paciencia de Hugo.
“No tengo la factura a mano, te doy mi nombre y apellido y los buscas en tu computadora, ¿si?”, alegó.
“Dígame su número de teléfono, señor”, contraatacó Sergio.
Hugo se lo dijo.
”Ahora su DNI, por favor”, requirió Sergio. Hugo se lo dijo. ¿Es usted el titular?”, insistió Sergio.
“Si no fuera el titular ¿ qué sentido tendría que perdiese cuarenta y cinco minutos de mi vida tratando que me atiendan?”, rezongó Hugo. Deseaba tener un fusil en sus manos para ir hasta Multicablex y encargarse de Sergio, la chica-robot y del que había seleccionado la música de espera
“Un momento, por favor”, se disculpó Sergio, y antes que Hugo pudiese volver a protestar, los acordes infames de la melodía revienta-oídos ya lo estaban aturdiendo otra vez.
Pasaron dos minutos hasta que la voz de Sergio se dejo escuchar de nuevo.
“Gracias por esperar. Lo transfiero al departamento de Técnica””, anunció antes de volver a dejarlo oyendo aquellos acordes cacerolescos.
Pasó otro par de minutos. En ese lapso Hugo estuvo tentado de volver a cortar. Pero antes de hacerlo encendió el televisor y al ver la pantalla oscura su desaliento creció.
“Buenos días, soy Santiago, ¿en qué puedo ayudarlo?”
“¿Sos del departamento de Técnica?”, desconfió Hugo.
“Si señor, dígame qué necesita”, insistió Santiago.
“La señal se cortó anoche a eso de las once y todavía no volvió”, explicó Hugo aliviado
“¿Me podría dar su numero de cliente, por favor?”, reclamó Santiago con voz paciente.
“Pero… -Hugo no encontraba palabras- Ya se lo di al otro muchacho. –no era cierto, claro, pero ¿qué diferencia había? ¿No sabían ya quién era él?
“Si señor, lo entiendo, pero mi terminal no está conectado con el de los operadores… -la explicación de los problemas técnicos que aquejaban a Santiago se perdieron en el espacio. Hugo ya era incapaz de prestarles atención. Cuando oyó que el muchacho hacía silencio repitió que no tenía la factura a mano, que podía darle su número telefónico o el de su documento de identidad. Santiago aceptó ambos datos y luego –por supuesto- puso a Hugo en espera. Para su sorpresa, la música era diferente. Al menos los de “Técnica” tenían un gusto musical algo más refinado.
Tres minutos después volvió Santiago.
“Nuestra señal está llegando correctamente a la zona donde usted reside. ¿Verificó bien las conexiones interiores de su televisor con el cable alimentador?”, la pregunta era maliciosa. Hugo presintió la trampa.
Se levantó del sillón y fue hasta
“El cable está bien”, informó triunfal… sin saber por qué estaba tan contento.
“Entonces debe haber algún problema con el aparato”, aventuró Santiago.
La sangre de Hugo acabó por hervir. ¿Qué era todo aquello? ¿Cómo se atrevía aquel mocoso anónimo a desconfiar de las bondades de su televisor? ¡Y llamarlo “aparato”! Aparatos eran ellos que tenían una máquina que ablandaba la mente de los clientes y una música que los aturdía. Esos eran aparatos. Aparatos de tortura para quebrar las voluntades, para hacerlos caer de rodillas y obligarlos a rogar por algo por lo que pagaban puntualmente. Y a un precio bastante elevado, además. Iba a responder duramente cuando oyó que la comunicación volvía a cortarse. Y, al mismo tiempo, la mente de Hugo se tiñó de gris, como la pantalla sin señal de su televisor…
Hugo estaba otra vez en la trinchera, sordo por los bombardeos, enceguecido por los fogonazos, viendo a la distancia la pared lateral de la casa-capilla. ¿Había una inscripción sobre las tablas? Si, eso parecía. Podía vislumbrar una “M” y también una “u” y una “l”, pero el resto era imposible de leer. Dos siluetas tapaban las letras siguientes. No. No eran dos. Eran tres. Dos hombres y una mujer. Sergio y Santiago y la chica-robot, seguramente. Estaban esperándolo. Le hablaban, Hugo veía que lo miraban y movían los labios. Seguramente le estaban pidiendo el número de cliente. No lo tenía. No importaba. Tomó el fusil de su compañero muerto y saltó fuera de la trinchera.
Una música ensordecedora y enloquecedora tapó el retumbar de sus disparos.
Mate Plateado

Esto que acaban de leer es obra de un poeta aficionado. Un entrerriano de Gobernador Mansilla que se llamaba Luis Martini, padre de mi estimado amigo Omar. Fue él quien la acercó a este espacio para compartirla con todos nosotros. Gracias Omar.
sábado, 19 de junio de 2010
Felicidad y desencanto
El Mundial tiene muchas cosas. Tribunas coloridas, pobladas por personas que gastan dinero e ingenio en maquillarse y vestirse apostando a los cinco segundos de fama que les permitirá inmortalizarse en el tablero gigante del estadio y en las pantallas de TV del planeta entero. También tiene ceremonias que se repiten robóticamente, himnos cantados con marcial unción (o llorados, como el “
Felicidad. Su nombre es impronunciable. Al oído suena como una latita repiqueteando contra el empedrado desparejo del Barracas donde vive. Inmutable. Una esfinge oriental que desde los ojos semicerrados controla los movimientos que se producen dentro del local. De su local. De su mini mercado. El mismo que abrió hace ya 17 años cuando llegó desde el otro lado del planeta acompañado por su esposa embarazada de tres meses. Ahora su hija adolescente ayuda a recargar las góndolas mientras su hermano de cinco años corretea por entre los pasillos angostos arrastrando de vez en cuando algún paquete de fideos o derribando alguna lata de salsa de tomates. Su esposa, desde la caja, intercambia con él pequeños gritos en un idioma incomprensible, mientras cobra y embolsa la mercadería de los clientes. Los clientes…
Ellos que nunca rompían el protocolo de limitarse a preguntar por un precio o por la ubicación de algún producto, ahora parecen haberlo descubierto. Ahora le dan volumen de persona y hasta lo identifican con su verdadera nacionalidad. Por el Mundial, ya no es “el japonés” o “el chino”. Gracias al Mundial ha vuelto a ser coreano. Entonces los clientes masculinos, con porteña crueldad, lo azuzan con un “ahora que te goleamos tenés que bajar los precios” o le piden que cambié su bandera blanca con el símbolo rojo y azul en el centro por la celeste y blanca del sol sonriente. Con las mujeres la cuestión es más extraña, casi surrealista. “Ah, ¿de Corea?”, se sorprendió una la semana pasada cuando identificó la bandera amurada sobre la caja del mini mercado con la que había visto (a la pasada) por
Desencanto: No hay partido internacional que no vea. ¿Liga inglesa los sábados a la mañana? A poner el reloj a las ocho, preparar unos mates y listo. A disfrutar del Manchester, del Liverpool o del Blackburn. ¿Calcio? Si, también. Un mediodía con un bife con ensaladas mientras allá, en la “tele”,
En la oficina se destaca no tanto por su trabajo en “Contaduría” como por recitar de memoria la formación de Holanda del 74 o los goleadores de Argentina en el último Mundial. Justamente. El Mundial. Tanto lo espera. Tanto abarrota a sus compañeros con datos y detalles durante cuatro años cinco días a la semana, que cuando la cita máxima llega (y los partidos aburren y las grandes figuras parecen incapaces de dar bien un pase a dos metros) éstos toman venganza y lo hieren con estas cuestiones. Y él asume la defensa cuestionando al exigente calendario que tienen los clubes (y gracias al que él disfruta de media docena de partidos por semana) o apuntándole a la pelota que pica tomando velocidad y efectos que la física no parece conocer. Nada sirve, sin embargo. El “Loco del Fútbol” (como lo han bautizado clandestinamente sus compañeros de oficina) recibe el escarnio de todos, incluidas las chicas de “Personal”, incapaces de diferenciar a Nigeria de Japón futbolísticamente hablando. Cualquiera lo tortura. Cualquiera lo azota con una ironía sucia, rastrera. A él y a su amado fútbol internacional. Y él sufre porque, en el fondo, se siente desencantado. Pero no va a rendirse. Esperará cuatro años por la revancha. Esperará, por supuesto, viendo todo partido internacional que la televisión o la web le ofrezcan. Porque si uno de los axiomas que rigen su vida es aquel que dice que “el fútbol siempre da revancha” ¿por qué no esperar entonces que lo mismo aplique para el Mundial?
¿A usted nunca le paso?: El monstruo del baño
Mientras su mente ha repasado la nota dejada por “la señora” que pasa martes y viernes para limpiar su dos ambientes, el agua y su oscura carga siguen observándolo desde abajo. Ambos se miden. Nicolás, desde arriba, mensurando la dimensión de su enemigo. Y éste, desde abajo, insondable, inescrutable. ¿Qué armas guarda escondidas? ¿Con qué artimaña buscará sorprenderlo?
Al lado, casi al alcance de su mano, está plantada la sopapa que Elba ha empleado en la tarde anterior. Nicolás la toma como la espada jedi que pueda salvar el Imperio de su baño. Pero no hay un láser mágico que zumbe y acabe con aquella carga nauseabunda que –ironía de la vida- él mismo ha creado. Nicolás se quita la camisa, planta las piernas bien separadas y hunde la goma negra en el líquido igualmente negro. Cuando siente que llega al fondo, empuja. Y luego afloja. Y vuelve a empujar y a aflojar. En el tercer movimiento, la sopapa traviesa resbala y un lagrimón marrón se descorre por el costado del inodoro a pocos centímetros de sus zapatos. “Mierda”, insiste Nicolás antes de reanudar su arremetida, ahora con las piernas más separadas y regulando mejor las fuerzas. Uno, dos tres… Algo en el fondo hace “glooob, gluck, gloooob”. El agua se mueve hacia abajo, hacia abajo. Y se detiene. No se ha ido toda. Pero si más de la mitad.
Nicolás resuelve que más agua puede servir para completar la tarea. Presiona el botón con euforia y, al momento, el líquido llena el recipiente enlozado y sube, sube, sube… Y escapa. Nicolás salta hacia atrás y con el mismo movimiento se descalza arrojando los zapatos hacia el pasillo y huye detrás de ellos mientras el agua sucia y parte de su extraño contenido se lanzan a la conquista de las baldosas antes blancas.
“Mierda”. Es la tercera vez que lo piensa. El monstruo del baño sonríe con el mástil de la sopapa asomando a un costado remedando el escarbadientes del inolvidable Minguito. Nicolás se saca los pantalones grises y entra al baño semi inundado para arremeter otra vez. Abajo, arriba, abajo, arriba… “Gloob, glooob, gluuuck”. Nada más. El agua sigue al borde. Insiste. Mínima respuesta. Nicolás empuja con más fuerza. El líquido rebalsa soltando otra “carga” y él vuelve a pensar en la palabra que ya define su día.
Cuando comprende que la sopapa será inútil resuelve desarmar el inodoro. Baja las tapas y se asoma. Un cilindro de goma une el asiento con la pared desde donde asoma el caño de agua para la descarga. Nicolás lo quita. Luego estudia los tornillos. Hay dos que sujetan el inodoro al piso. Y otros dos que sostienen las tapas. Resoplando sale del baño dejando huellas pringosas hasta la cocina. Allí, en un cajón, hay herramientas que puede usar aunque él nunca ha sido un hombre de pinzas, martillos o destornilladores.
Cuando regresa al baño se paraliza. ¡No hay agua! Apenas en el fondo unos diez centímetros oscuros se revelan como una pupila tímida. Nicolás, obnubilado de júbilo, se llena la palma para apretar con fuerza el botón y decretar su definitiva victoria. Y, entonces, demasiado tarde, comprende el error. La unión de goma desconectada se burla desde el bidet cercano. El chorro de agua sale con furia desde la pared y reinunda el piso.
Nicolás chapotea maldiciendo, conecta el asiento con el caño de descarga y vuelve a oprimir el botón. El agua circula creando un remolino que sube. Y se detiene. Una vez más. Con la paciencia rota, los pies y la mitad de las piernas empapados, comienza a hurgar en los tornillos y tuercas que sujetan las tapas de plástico negro al asiento. La pinza se zafa dos veces antes de tomar con acierto la cabeza hexagonal. Nicolás oprime, gira, insulta… y se golpea los nudillos contra la pared. La tuerca no se ha movido. El agua dentro del inodoro tampoco. Prueba con un destornillador. Palpando más que viendo, acierta la ranura del tornillo. Pero no consigue aplicar la fuerza correctamente. Está de pie, torciendo el cuerpo hacia abajo, apuntando la herramienta hacia arriba. Se necesita ser un contorsionista consumado para lograrlo. O recostarse en el piso. Y esta posibilidad no figura en los planes de Nicolás. El suelo esta lleno de agua que escurre lentamente hacia la rejilla. Allí donde se filtra dejando… bueno, dejando huellas que Nicolás reconoce como suyas sin necesidad de recurrir a banco genético alguno.
Media hora le lleva desmontar las tapas. Diez minutos más para aflojar el tornillo de la derecha que une al inodoro con el suelo. Y menos de dos minutos para sacar el izquierdo. Entonces, por fin, Nicolás se planta como un Hércules gigantesco, se agacha, y toma con fuerza al monstruo blanco que hace gárgaras con agua servida y lo alza. De inmediato un chorro frío ataca sus pies y por uno costado otra carga amenaza abandonar el recipiente.
Nicolás se da vuelta buscando donde arrojar aquellos contenidos nauseabundos. No lo ha pensado antes y siente, de repente, los intríngulis que deben afrontar los gobiernos cuando hablan de no saber dónde meter sus desechos tóxicos. Pero él tiene problemas más serios al parecer. El piso mojado le juega una mala pasada, pierde estabilidad y vuelca el inodoro hacia el rectángulo de la ducha. Y allí va todo. Todo. Sobre la alfombrita azul. Lo positivo es que ni él se ha caído (aunque se despelleja el codo derecho contra el mueble de las toallas) y tampoco se le ha caído el retrete. Si esto último hubiera pasado, Nicolás no tiene dudas, se habría reventado al medio como un huevo hueco. Recuperado el equilibrio, Nicolás deja el envase blanco casi vacío dentro del sector de ducha y se asoma al pozo negro que abre su boca redonda y misteriosa. Nada ve. Solo un oscuro agujero que se pierde insondable hacia vaya a saber qué dimensión. La conclusión es obvia. Lo que está tapado es el inodoro. Por suerte. ¿Por suerte?
Toma el asiento y lo gira volcándolo. Un horripilante “blug” y a continuación un sonoro “splack” se dejan oír. Nicolás cierra los ojos tratando de que el contenido de su estómago no lo abandone.
Seguirá otra larga hora de una lucha cuyos escabrosos detalles Nicolás se
llevará a la tumba. Al final, agotado, enchastrado, pero triunfador, celebrará íntimamente su victoria. Ha vencido a un monstruo. Ha vencido al monstruo del baño. Pero, una nueva ironía para su día, no puede compartir su triunfo con nadie. Mierda.
